TRIVIUM ET QUATRIVIUM
Francisco Fernández Damborenea
Colegiado nº 201

“El plan de estudios debe cambiar, ya que no puede seguir formándose a un ingeniero de caminos con la formación de principios del siglo XIX. Debería enseñarse al ingeniero a pensar, no a memorizar.” Debate de los Ingenieros Jóvenes en torno a la Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos. Revista de O.P. /noviembre 2003/n° 3.438.

 

 

 

Estalló: - ¡Pero si Vd. sabe electrotecnia! ¿Cómo se ha abandonado durante el curso?

Me encogí de hombros. Había dedicado la semana anterior a estudiarme aquella asignatura. Dieciséis horas diarias, dos cajetillas de Bubis, anfetaminas. Nada de memoria, incapacidad congénita mía.

Durante un examen oral que ya duraba hora y media, devané los motores sincrónicos, los asincrónicos y todo lo devanable, incluidos los sesos. Nunca fui capaz de aprenderme la Lista de los Reyes Godos, ni los fósiles del Cenomanense, pongamos por caso.

El que había estallado era uno de los escasos buenos profesores que tuvimos en la carrera, José de Lucia. Aunque nada de clases prácticas, por Dios. Recordaba yo un meccano eléctrico de Siemens, con el que construíamos motorcitos mi primo Angel y yo a los trece años. Una maravilla.

Lucia, hombre justo, intentaba suspenderme de todas todas, porque yo era un firme candidato a “la Venganza de Aguirre”. Suspendido ya por Torroja, me quedaban tres orales más. Final feliz: el 7 de julio de 1955, día de San Fermín en Pamplona, terminaba mi maratón “disertando” sobre palas cargadoras de túnel, frente a J.J.Aracil.

Veréis.

Un par de meses antes pasábamos el Ecuador de la carrera. Siguiendo el ritual acostumbrado, desfilamos vestidos de marinero, con las batas del laboratorio de química, bailando la conga. Entrábamos en todas las clases ‘‘echando” al profesor, de primero a quinto curso. En la de quinto, Aguirre Gonzalo se explayaba sobre la Economía de las Empresas. El que alguien osara interrumpirle era inaudito. Levantando un airado brazo, fulminó al primero de la conga: ¡¡¡ FUERA !!!

El primero de la conga dio un respingo y frenó espantado. No habíamos estudiado aún el golpe de ariete. Siguieron entrando los alegres cabalgantes, mientras se transfiguraban sus semblantes.

¡¡¡ FUERA !!! – volvió a gritar el Ilustrísimo y Excelentísimo Don José María Aguirre Gonzalo, Consejero del Reyno por Designación Directa de Su Excelencia el Jefe del Estado, Generalísimo de Todos los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España por la Gracia de Dios. Apoyado por otros aventajados alumnos de quinto curso, el pelota primero, aspirante a plaza en Agromán, consiguió rechazar la amontonada cabeza de puente y cerrar la puerta. Los sucesos siguientes fueron confusos y exaltados. Alguien atacó con un espumeante extintor; se lanzaron botes de humo que los sitiados rechazaron a patadas, para ser reintroducidos sujetando la puerta. Por fin, en un silencio sepulcral, José María Aguirre Gonzalo abandonó la clase.

Reanudado el jolgorio, iniciamos la habitual batalla naval en el Estanque del Retiro, dejando dos candelas de humo en la Escuela.

Reunido solemnemente el Claustro de Profesores, se acordó un severo escarmiento. Eduardo Torroja amainó bastante la Venganza de Aguirre. El curso se quedaba sin viaje de Prácticas, y todo el que suspendiera dos asignaturas en junio, repetiría curso. La escabechina fue terrible: un treinta por ciento de caídos en Septiembre. La Cólera de Dios.

Exceptuando los viajes de topografía en primero y de geología en segundo, los siguientes eran considerados francachelas turísticas, comilonas, borracheras, lenocinios y bailes de sociedad, amablemente invitados por las fuerzas vivas, corporaciones, instituciones, empresas y contratistas locales. Ni por asomo se les ocurrió a nuestros sabios profesores que “los viajes de prácticas” fueran indispensables a nuestra formación técnica.

 

Desde el primer curso, como “éramos una promoción TAN numerosa”, nos sentaron por riguroso orden alfabético. Se perdía un 25% del tiempo de clase en pasar lista (con fotografía). No se admitían más de tres faltas injustificadas de asistencia, ni más de siete de puntualidad. La mayoría de los profesores preguntaba la lición, a veces sobre un manualito de la Editorial Labor o similar; examen oral en junio por un cero en clase. Alumnos de casi treinta años, se nos pedía “de la página 187 a la 232” para el día siguiente. El afortunado que salía a principio de curso se podía olvidar de la asignatura, excepto para los leves y copiables exámenes trimestrales.

Las prácticas, salvo las de química, topografía y cálculo de estructuras, fueron inexistentes o ridículas.

Tras “ene” años de autopreparación anárquica para el ingreso, era ignominioso tener que estudiarse la lición. Degradaba a un adulto, superado el uso de razón y la mayoría de edad de los veintiún años. Había compañeros Comandantes de Armamento y Construcción, Ayudantes de Obras Públicas, Licenciados en Exactas, currantes padres de familia.

Una preparación durísima, para encontrarnos con la frustración de una Escuela de bajísimo nivel, salvo muy contadas excepciones. La transición desde los “elevados conceptos del Análisis Matemático” (Julio Rey Pastor) a las piedras, arena, cemento y hierro de nuestro mediato futuro, era demasiado traumática. Fui incapaz de soportar aquél régimen disciplinario. Me examiné oralmente en junio de la mayoría de las asignaturas, en todos los cursos. Aparte de anecdóticos exámenes trimestrales, estudiaba un par de meses, a fin de curso.

Nadie consiguió acumular tantos ceros, sin repetir curso. Fui el último de mi promoción. Paradójicamente, era el único que había estudiado íntegra TODA la carrera. Diez ó doce meses de estudios me convirtieron en Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Un par de años después fui transformado en Doctor.

Nuestros amados profesores no parecían entender o habían olvidado nuestra media de 6,5 años de durísimos estudios, acabado el bachillerato. Los mejores años de nuestra vida, entre los diecisiete a los veintitantos años, primmavera della vita, dedicados exclusivamente a una vida monástica, preparando el ingreso. ¿Inhumano?

Lo primero es la formación mas básica y a partir de ahí, se crea la especialización. Visión negativa de la enseñanza al ver las estadísticas de cuánto tarda un alumno en acabar (una media de 9 a 10 años). Hay que pretender que no sea tan larga porque mata todas las vocaciones ...cuando termine la carrera y tenga ya treinta años, no me voy a poner a viajar.” (Íbid).

La tremenda ilusión de haber conseguido ingresar (45 ó 50 de 1000 selectos candidatos anuales), se trastocaba en creciente depresión al iniciar la carrera. En Mecánica Racional, “dábamos” el Casares Bescansa, edición 1908, tras ene años y más de dos mil problemas resueltos de cálculo vectorial, cinemática, dinámica y estática, para ingresar.

Se nos instruía en la tan imprescindible Geometría Descriptiva del siglo XVII, cuyas láminas nos dibujaba un virguero AOP, posteriormente querido compañero nuestro, por 25 ptas/lámina. El catedrático de ecuaciones diferenciales, perplejo, cascó un cero a un licenciado en Exactas “porque su demostración no era la que venía en el libro [sic]”.

El durísimo Benítez, nos metía química analítica en medio curso y los materiales en otro medio, a fuerza de laboratorios. López Bosch, en topografía, parecía el único ser humano. Esperábamos que la cosa mejorara en segundo. Ilusiones vanas.

En Estructuras, Torroja horrorizaba nuestro delicado espíritu matemático, simplificando fórmulas, borrando infinitésimos de segundo orden con la izquierda. No caíamos en la cuenta de que el hormigón armado era sólo agua, piedras, arena, acero y clinker molido: poco que ver con las matemáticas puras.

Humarán, genio matemático, murió al año siguiente, de un atracón de paella valenciana, pocas horas después de operarse de apendicitis aguda. Palacios también falleció, cuando nos hubiera introducido en la física moderna. Iribarren, genio portuario, pereció achicharrado en su coche, en circunstancias oscuras.

Manifestábamos a López Bosch nuestro pánico profesional porque no sabíamos nada. “No se preocupen por eso; sus problemas serán otros: políticos, sociales, legales, administrativos.” Tenía razón.

Lo siguen siendo. Entonces no existía el ambiente. Bien es verdad que nadie juzgaba nuestras barbaridades. Éramos los prestigiosos e indiscutidos Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos.

 

 

En los albores del XXI, quizás no somos conscientes de la profunda transformación actual de la sociedad humana. Por una parte, el formidable desarrollo de la ciencia y la tecnología: el 99% de los científicos y técnicos que han existido en toda la Historia de la Humanidad acaba de tomar café, esta mañana. Cabe preguntarse si, con esta muchedumbre, los árboles nos dejan ver el bosque.

O, como dijo el gallego moribundo, viéndose rodeado de todos sus familiares: “¿Quién coño se ocupa de la tienda?”

Como en todas las catástrofes sufridas por la Humanidad, cuando se quiere reaccionar, ya es demasiado tarde.

Hombre de incógnitas, salido de una sólida formación franquista de valores eternos y del imperio hacia Dios, entré en contacto en 1964 con la ingeniería norteamericana, en mi primer viaje a los Estates. Como San Pablo, me caí del caballo; quedé deslumbrado. El imperio americano había alcanzado su apogeo científico, tecnológico, económico y social, aunque negros y chicanos lo seguían teniendo crudo. Ahora, se considera el final de la guerra del Vietnam como el principio de la Decadencia del Imperio Occidental Americano.

Como en el siglo IV, cuando las invencibles legiones romanas empezaron a morder el polvo en Oriente Medio, machacadas por la acorazada caballería sasánida, mientras los derrotados Césares eran arrastrados por las turbas, en las calles de Tesifonte. Pero es que...

Veréis.

En menos de doscientos años, la civilización pasó de las maravillas de la ingeniería romana (calzadas, canales, acueductos, sifones, tuberías, baños, arcos, la cúpula del Panteón) a la burda arquitectura criptocristiana, visigótica (en España) y románica. Los historiadores, apoyados en las intensas investigaciones y hallazgos arqueológicos, numismáticos y papirográficos de las últimas décadas, tratan de explicar las causas de semejante caída. ¿Por qué desapareció la ingeniería romana, en poco más de un siglo? ¿Nos pasa ahora lo mismo?

En el año 415, una horda de juliganes, instigada por San Cirilo, atacó en la calle, a plena luz del día, a la fiósofa Hypatia, directora de la Biblioteca de Alejandría. Fue desnudada, arrastrada, apaleada, apedreada y despellejada viva. Una de las personas más inteligentes y cultas de su tiempo. El furor de San Cirilo quemó también la Biblioteca, desapareciendo obras incunables científicas y literarias, persas, indias, griegas y romanas, todo el acervo de la humanidad occidental. El cristianismo no sólo acabó con los falsos dioses de la Antigüedad. También con Euclides, Pitágoras, Arquímedes y el savoir faire de los ingenieros romanos. El Renacimiento llegó con un milenio de retraso.

Asistimos ahora a la trivialización de la ingeniería. Muchachos incompetentes “tiran” de programas de archivo para engordar diseños y proyectos de dudosa calidad. Autómatas informáticos. La mayor mortandad de Europa, en nuestras obras públicas y privadas. El ingeniero deja de serlo; se hace gestor, agiotista, picapleitos, vendedor de camisetas. Pádel, Audi y Adosado. Paulatina o rápidamente, se pierde el oficio. En tan sólo medio siglo hemos pasado del Dios Ingeniero al Dios Economista al Dios MBA.

Como cuando las Bases Americanas, la expansión económica y demográfica demanda cada vez más y más ingenieros. Diferentes categorías. Los formidables Ayudantes y Peritos continúan siendo más necesarios que nunca, aunque ahora se titulen ingenieros técnicos. Tampoco hay sobrestantes, contramaestres, capataces, maestros, oficiales. Sólo empleos precarios y peones para todo.

La cantidad es imprescindible. Pero en ingeniería sigue siendo también imprescindible la calidad, la maestría, y éstas deben empezar a gestarse, selectivamente, ya en los primeros años de la carrera. Una carrera de siete o más años de duración, para empezar a trabajar “cuando ya se es viejo, no se está para viajar y se tienen obligaciones familiares” (Ibíd.).
 

 

 

Se pretende que a los 17 años, un individuo tiene definida su vocación, si ha conseguido calificaciones suficientes para elegir carrera. Salvo contadas excepciones (vocación religiosa, matrimonio precoz), pocos tienen la seguridad de saber lo que quieren, a esa edad. Factores familiares, sociales, ambientales, económicos, coyunturales, que no siempre coinciden con las capacidades y/ó una hipotética vocación del individuo en desarrollo.

En ingeniería, se espera que el individuo tenga una mínima afición a las matemáticas. Cuando los palurdos provincianos llegábamos a Madrid, la mayoría números uno y Matrículas de Honor de sus respectivos colegios; típicos memoriones, según los sistemas académicos vigentes. Un amigo colocó una enorme foto de la presa Hoover en la cabecera de su cama (clara vocación; con los años, se hizo farmacéutico). Otro, hijo de Contratista, pretendía el título para negociar con la Administración. Yo prefería el Terry matarratas, para resolver los problemas de los círculos de Apolonio, en la madrugada.

Los tres primeros cursos deben conceder una importancia básica al medieval quatrivium científico siglo XXI: geometrías, análisis, cálculos, químicas, físicas, mecánicas. Astrofísica de sondeos, estructuras y robots en Marte y Europa Joviana.

Otros tres ó cuatro cursos de bifurcación: estructuras, carreteras, ferrocarriles, aeropuertos, obras marítimas, hidráulica y energía, urbanismo, planificación ambiental y socio-económica. El doctorado a los treinta y cinco años; la cátedra a los cuarenta (genios aparte).

“... cuáles son las bases, las cuatro materias básicas, la física, la matemática, la química y el dibujo? ¿siguen siendo esas las bases de la ingeniería? ¿o en nuestra sociedad actual, las bases de la ingeniería son otras cosas? ... las matemáticas...son básicas para la ingeniería y por tanto generan un lenguaje y una manera de pensar que el ingeniero utiliza para todos los problemas con los que se enfrenta. ...tenemos que implicar al Ingeniero en que tiene que manejar no solo lenguajes abstractos, sino también tiene que manejar lenguajes concretos o conocimientos concretos de la realidad sobre la que se desenvuelve. ” [José Ureña].

Matemáticas. El nuevo quatrivium sería un equivalente a la preparación del antiguo ingreso, con siete ú ocho problemas diarios, resueltos en prácticas en la Escuela (o vía Internet). Con discusión final del profesor, explicando el cómo y el por qué. Incentivando/premiando la búsqueda de soluciones originales, las iniciativas brillantes. Huyendo de la rutina mecanicista. Decenas de miles de problemas en miles de publicaciones de cientos de Escuelas y Universidades, para desarrollar los cursos. Bella e intensa tarea del profesorado, eliminando incluso los exámenes trimestrales y finales.

“...sólo en Madrid existen 4 academias privadas para adiestrar a un alumno-autómata a resolver mecánicamente la colección histórica de problemas finales de los últimos 10 años de tal y tal asignatura...” [Gabriel Chamorro Sosa].

Algún compañero reclama el estudio del Derecho. Las bacterias que comen hormigón, la digestión de fangos, las rutas del alimoche, no nos deben llevar a estudiar dos cursos de Biología, a todos. En este mundo de especialistas, bastante tiene el ingeniero con aprender a dominar sus técnicas. Ejecutivos, maestros de administración y políticos son alternativas diferentes. No en las Escuelas de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. Una buena ingeniería no debería chocar, en un mundo cabal, con problemas legales. Para su asesoría y resolución están los abogados. Para ellos el Trivium de la gramática, la oratoria y la dialéctica (ver nota final ).

El fin de siglo [XIX] estuvo marcado, en sentido contrario, por la pérdida de las colonias y el pesimismo noventayochista . Pero, simultáneamente, la convicción de depender ya sólo de los recursos propios, alentada por los regeneracionistas y, en nuestro caso, por los ingenieros repatriados de las lejanas colonias, crean una contrapartida en los ánimos.” Clemente Sáenz Ridruejo. Revista de Obras Públicas /noviembre 2003/n° 3.438.

Se supone que los ingenieros repatriados de las lejanas colonias, aislados, abandonados, dependiendo sólo de sus propios recursos, partieron de una sólida formación básica.
 

 

 

Ha dejado de existir el servicio militar obligatorio, por ahora. Ocasión inmejorable para recuperar el antiguo espíritu de la ingeniería: prácticas obligatorias de campo. El ingeniero debe pasar por todos los muchos, variados y cada vez más complejos oficios de la ingeniería.

Las vacaciones de verano deberían ser prácticas obligatorias de los oficios básicos, en los tres primeros cursos. Palear, picar, encofrar, barrenar, manejar explosivos, maquinaria. En las zanjas y en los túneles, en los andamios, en el agua y en el mar, en simas, cumbres y barrancos. Lloviendo piedras. Conocer, desde dentro, sudando de verdad, la mentalidad y los problemas del trabajador. Para saber mandar, hay que conocer a fondo lo que se manda.

El máximo desarrollo intelectual, al menos en matemáticas, se alcanza entre los 15 y los 25 años, como demostraron, entre muchos, Galois , Abel, Einstein, Gödel y Bill Gates. La mayoría de los genios matemáticos han sido precoces; en muchos casos, incomprendidos. Cauchy no entendió a Galois. Esta precocidad se acentúa ahora, con la revolución telemática. Es crítica importancia de estos primeros años en las Escuelas. Es crítica, para definir las vocaciones. Es crítica, la actuación de profesores siglo XXI para estimular generosamente a sus alumnos.

El estudio en las Escuelas debiera poder ser, como en la Edad Media, itinerante, internacional. Hoy, el 98% de las comunicaciones técnico-científicas están en inglés. Uno o dos veranos angloparlantes deberían ser también obligatorios. Es ya recomendable el chino mandarín.

Forma física. Ingenieros en obra, mocasines de charol, marengo de Armani, viendo los toros desde lejos, que me mancho, coño. Foto, vídeo o tele, con el casco, por favor. Vértigo al subirse a un andamio. “ ¡Cuidado DON Eusebio, no tropiece, déjeme que le ayude!”. La sonrisa irónica del peón, cuando no su rencor amargo.

En la poca mili “universitaria” para salir Alféreces o Sargentos de Complemento (años 50), había quien no trepaba dos metros por una maroma. Forma física. Tanto para estar en obra, como para resistir los días y las noches de agobio en los despachos. Gimnasio, bicicleta, maratón, montaña, rocódromo, espeleología, submarinismo, ultraligeros. Sol, lluvia, calor, frío, hielo, ventisca, intemperie, como pintó Goya para que los principitos se enteraran de lo que cuesta un peine. Contribuye a definir vocaciones, en los primeros e indecisos adolescéntulos años.

 

 

“...Los profesores deben incitarnos a la práctica y a utilizar la imaginación. Por terminar antes la carrera nos limitamos a copiar. Se deben renovar los profesores y el planteamiento de la enseñanza. ...Los catedráticos no deberían ser para toda la vida. ...Falta ilusion en la carrera...Falta creatividad en las Escuelas. ...El conocimiento es teórico, esta anticuado, no sirve para la practica hoy en día. ” Debate de los Ingenieros Jóvenes en torno a la Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos. Revista de O.P. /noviembre 2003/n° 3.438.

...“En primer lugar, hay que mejorar muchísimo los proyectos.... ¿Qué hay de la formación de los profesores? Esa segunda propuesta seria la de mejorar los profesores.” [Clemente Sáenz Ridruejo]

Al menos en tiempos de Stalin, el doctorado rara vez se alcanzaba en la Unión Soviética antes de los 50 años. Se fabrican ahora ingenieros de Caminos en cinco años. Contados genios conseguían graduarse antiguamente en siete.

En el último tercio del siglo XX han proliferado en España las Escuelas de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, con la consiguiente multiplicación de personal docente de todas las categorías (nota ).

En las Academias de Ingreso, el primer año se destinaba “a rellenar los baches del Bachillerato”. Sospecho que ahora los baches son auténticos socavones. Los socavones y el exponencial desarrollo técnico-científico imponen ampliar los cursos de bacheo, al menos hasta tercero. Desapareció el euclidiano “libro del círculo” de Torres Villarroel; ahora vuelven la geometría proyectiva y el Quatrivium.

En tiempos de Reválida de Bachillerato, se recurría a múltiples subterfugios para examinarse en las Universidades “coladero”, evitando los “huesos”. Se deben evitar los “coladeros”, que permiten a las Escuelas aumentar sus ingresos en detrimento de la preparación. Un baremo básico general para todas las Escuelas, en los tres primeros cursos. Exámenes y pruebas trimestrales y finales deberían estar unificados a nivel nacional, en vísperas de la integración educativa europea, en aras de la homogeneidad (nota ) Los exámenes deberían ser exclusivamente prácticos, ejercicios y problemas, con acceso a cualquier información. No se trata de crear eruditos, sino ingenieros.

A Dios rogando y con el mazo dando. Los tres primeros cursos, además de su trascendental bagaje teórico, deben abarcar una intensa preparación práctica (campo, taller y laboratorio). El profesorado, debe tener una dedicación exhaustiva y exclusiva, incompatible con otras actuaciones. En ambas categorías, teórica y práctica, se requieren años en la profesión. En general, se debería exigir un mínimo de cinco años de experiencia en obra, para alcanzar el profesorado. Este paso por la Enseñanza no debería superar los seis años, bien para regresar al ejercicio libre de la profesión (renovarse o morir), o para acceder a una cátedra. Cátedra que nunca debería ser a perpetuidad.

Los posteriores cursos de especialización (¿tres?) requieren un profesorado diferente. Expertos con unos cinco años de dedicación exclusiva a un tema específico. Procede aquí el ejercicio simultáneo de la profesión. Son estudios vocacionales, que exigen líneas de trabajo, investigación y desarrollo. Tampoco el periodo académico debería exceder el tiempo de elaboración de proyectos concretos, subvencionados parcial o totalmente por otras instituciones, incluso la empresa privada.

La cátedra. En el escalafón sugerido, difícilmente se podría alcanzar la categoría de catedrático con menos de diez años de experiencia, cinco al menos en la especialidad. Tampoco cátedras vitalicias; convalidaciones periódicas, como el carné de conducir. Los años sabáticos (para hacer algo útil y quizás para poder renovar la cátedra) tendrían que ser obligatorios, al menos cada seis años. También aquí, renovarse o morir. El catedrático debería reunir una ejecutoria de experiencias y actuaciones, no necesariamente docentes. Como Eduardo Torroja; era nuestro Maestro, disertando sobre Tipología Estructural, rodeado de un silencio casi religioso. Como Clemente Sáenz García en Geología. Como Iribarren en Olas y Puertos. Admirables. Sabían, y sabíamos que sabían.

 

 

Aunque trasciende al tema, el acceso a Palacio, como en el imperio chino, debería también cumplir con ciertas exigencias. No es admisible el acceso sin un mínimo de experiencia previa, en actividades específicas. El escalafón horizontal por rigurosa antigüedad era justificable cuando el Ingeniero de Caminos, hasta 1936, fué Dios; es decir, sabía todo de todo. Servía lo mismo para un roto que para un descosido. No es admisible un funcionario sin previa y amplia experiencia profesional en la especialidad correspondiente, con reciclados periódicos.

 

 

Si se quiere impedir la caída del Imperio, hay que resucitar a Hypatia, a la Biblioteca de Alejandría, a los doctorados rusos, los tres cursos de resolución de problemas, problemas, problemas, los laboratorios, el campo, la práctica de oficios, los deportes, los viajes a la Sorbona y al Massachussets Institute of Technology. Hay que destrivializar la ingeniería y la titulitis en tres cursos y los MSc´s en dos, todo de memoria. Hay que ser serios. Como decían los Escolapios, la letra con sangre entra.

En la pirámide de la ingeniería, la cumbre no es para todos. Sangre, sudor y lágrimas. La sociedad lo requiere.
 

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